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Creada por Matt Groening en 1987, Los Simpson es la serie animada más exitosa de todos los tiempos. Sus personajes lograron trascender las fronteras estadounidenses e incorporarse a diferentes culturas y encontrar en cada una de ellas, puntos de contacto. El 26 de julio llega a la pantalla grande por primera vez, convertida en la película más esperada de las últimas décadas.

Por: Diego Cabarcos 

dcabarcos@codigoretro.com.ar


   Tarea difícil ésta, de hacer una nota sobre Los Simpson. ¿Qué se puede decir de la familia animada más famosa del mundo, que no se haya dicho antes? Probablemente poco. ¿Cómo se hace para no caer en lugares comunes y no deshacerse en elogios hacia un programa que hace 20 años se mantiene en pantalla, con la frescura y sarcasmo de siempre? Quién sabe. Lo cierto es que estos personajes, inventados por Matt Groening en 1987, después 18 temporadas televisivas y cuatrocientos capítulos en su haber, por fin llegan a la pantalla grande. Lo harán el 26 de julio de 2007 en lo que claramente es la película más esperada de todos los tiempos. (Si no opinan lo mismo, pueden enviar un mail a este sitio y contarnos qué otro film se esperó con tantas ansias como éste). Pero... ¿cómo comenzó este fenómeno televisivo que logró trascender las fronteras yanquis y meterse en la piel de cualquier ciudadano del mundo? ¿Cuál es la razón por la que un dibujo animado puede incorporarse a las diferentes culturas y encontrar en cada una de ellas un punto de contacto y similitud? Quizá la respuesta se halle en la universalidad de las pasiones y odios; esas sensaciones intrínsecas del ser humano, que no conocen de lenguas, religiones ni ideas políticas, y que la serie norteamericana refleja con precisa ironía.  

Todo éxito tiene un principio

    A fines de 1985 las cosas no le iban nada mal a Groening, desde hacía algún tiempo publicaba la historieta Life in Hell (Vida en el infierno), un cómic de toque subversivo y underground que, por ese entonces, salía en más de veinte periódicos y revistas de los Estados Unidos, algo que le permitía hacer más “llevadera” su vida en Los Ángeles, ciudad que odiaba y a la que se había mudado en 1977, luego de partir de su Portland natal con la intención de convertirse en escritor profesional. Hasta ahí, todo marchaba relativamente bien para el joven Matt, pero una llamada telefónica bastó para que todo fuera muchísimo mejor. James L. Brooks, un reputado director y productor con varios Oscars y Emmys en su haber, que había leído su historieta, estaba del otro lado de la línea para proponerle crear cortos de animación en The Tracey Ullman Show, un programa de variedades que gozaba de gran éxito y era presentado por el cantante y actor británico Tracey Ullman

    En un principio, la idea del dibujante era utilizar los personajes de Life in Hell (tres conejos antropomórficos) para los cortos, pero como no quería cederle a la Fox los derechos de la tira - que en la actualidad publica en más de 200 diarios de todo el mundo y que aún hoy espera seguir dibujando hasta el fin de su vida - quince minutos antes de reunirse con Brooks, según cuenta la leyenda, hizo un boceto de los cinco componentes de una familia tipo estadounidense y a la hora de bautizarlos buscó los nombres de los personajes en su propio árbol genealógico: Homero era el nombre de su padre; Marge, el apodo cariñoso de su madre, y Lisa y Maggie los nombres de sus hermanas pequeñas. ¿Bart? Bueno, ¡no le iba a poner Matt!

    Los cortos debutaron oficialmente el 19 de abril de 1987, con un episodio titulado Good Night, al que en un lapso de dos años le siguieron 49 más, todos íntegramente escritos por Matt Groening, dirigidos por David Silverman, Wesley Archer y Bill Kopp y animados por la empresa Klasky-Csupo. Ante la buena repercusión de los cortos, la cadena televisiva le propuso a Groening hacer episodios de 22 minutos. Lo que no tenían claro era si colocarlos, o no, en el horario prime time. Es que, desde Los Picapiedras, ningún dibujo animado había tenido éxito en ese segmento horario, pero decidieron asumir el riesgo y la recompensa fue enorme. En poco tiempo, la serie se convirtió en un fenómeno social sin precedentes en la televisión mundial, al inaugurar un nuevo concepto de cartoon con crítica social y, sobre todo, con actualidad, que hasta el momento lleva ganados premios para todos los gustos: Emmy (21), Annie (21), International Monitor (8), People (2), British Comedy (3) y la lista continúa. Además, la revista Time nombró a Los Simpson como "la mejor serie de televisión del siglo XX".

Maravilloso Springfield

    Cuando Groening ideó a esta familia en sólo quince minutos, mientras esperaba que Brooks lo atendiera, el primer personaje que se le ocurrió fue Bart, un niño de 10 años que se parecía bastante a él mismo y a su hermano Mark en la infancia. Alrededor de esta nueva versión de “Daniel, el terrible”, nació el resto de la familia y todo Springfield, localidad que no queda en un lugar determinado de los Estados Unidos sino en cualquiera, ya que es el segundo nombre de ciudad más repetido, con 121 Springfields de costa a costa. La ciudad imaginada por Groening fue fundada por Jebediah Obadiah Zachariah Springfield y su característica más destacada es la central nuclear donde trabaja Homero, cuyo dueño es Montgomery Burns, un despiadado multimillonario de 104 años, capaz de hacer cualquier cosa con tal de incrementar sus ganancias. Ni siquiera el amor incondicional de su asistente personal Waylon Smithers logró ablandarlo.

    La ciudad está gobernada por el alcalde Diamond Joe Quimby, quien de haber sido argentino hubiera ocupado un ministerio en la década del ’90, y la seguridad está a cargo del jefe de Policía Wiggum (Górgory, en la traducción al castellano), siempre que no tenga otra cosa más importante que hacer, como comer rosquillas con sus subalternos. Seymour Skinner, ex combatiente de Vietnam y extremadamente sometido por su exigente madre, es el director de la escuela donde da clases la frustrada solterona Edna Krabappel. La banda de Bart la completan: Milhouse, Lewis y Richard, quienes son llevados a la escuela en el colectivo escolar conducido por Otto, un simpático muchacho pelilargo, que con su walkman y su perpetuo aroma a marihuana es muy querido por los alumnos.

    Con sus compañeros de la planta nuclear, Lenny y Carl (imagen), Homero sale “religiosamente” a beber cerveza Duff en la taberna de Moe, donde vive pegado a la barra el siempre ebrio Barney Gomez. No hay otro paseo que le interese más: ni visitar en el asilo de ancianos a su padre Abraham, ni a sus cuñadas Patty y Selma, fanáticas de la serie ochentosa McGyver y adictas al cigarrillo; y mucho menos ir los domingos a la iglesia a soportar los sermones del reverendo Alegría. Tampoco tolera a su vecino Ned Flanders, quien lo exaspera con sus diminutivos y su extremado cristianismo. Cuando tiene que hacer algún mandado, Homero elige el mercadito Kwik-E-Mart, propiedad de Apu, aunque si de elegir se trata, prefiere reposar en el sillón de su casa, control remoto en mano, y frente al televisor, donde consume el noticiero amarillo de Kent Brockman o los avisos del actor fracasado Troy McClure, de quien se rumorea que mantiene relaciones con los peces. Esto siempre y cuando Bart y Lisa no estén mirando los ultra-violentos dibujitos Tomy y Daly o la publicidad encubierta del payaso Krusty.

    Como se ve, Groening se preocupó por hacer de la imaginaria Springfield una ciudad con unos cuantos ambientes muy reconocibles en los cuales los personajes se desenvuelven a diario: la escuela, la central nuclear, la casa de los Simpson, el mercado de Apu y la taberna de Moe. Otros lugares, también emblemáticos, son la plaza de la ciudad con la estatua de su fundador, el hospital donde atiende el siempre risueño doctor Heabert y el centro comercial, cuyo local más destacado es el negocio para zurdos del bueno de  Flanders.

    Por otra parte, hay lugares de la ciudad que varían según el episodio y el momento. Los bajo fondos y la cárcel no suelen estar siempre a la misma altura. En ciertos episodios se puede ver el hospital desde la ventana de la familia Simpson, mientras que en otros puede verse la cárcel, una gran montaña o aquella casa a la que alguna vez se mudó George Bush, padre.

    “Queremos que la ciudad sirva a la historia, que asuma el protagonismo cuando sea preciso, pero no que sus características constriñan la realidad o nuestra imaginación”, afirma Mike Scully, productor ejecutivo de la serie,.

¿Cómo se entiende el “fenómeno Simpson”?

    Los Simpson tienen una curiosa particularidad y es que son amados en dosis iguales, por grandes y chicos. De hecho, en la calle es tan común ver a un niño de primaria con una remera con la imagen de Homero borracho y tirado en el suelo, como a un grande, de más de treinta, con una de Bart y Milhouse haciendo alguna travesura.  Pero... ¿cómo se logra esto?

    A lo largo de estos veinte años en que esta familia amarilla irrumpió en los televisores de buena parte del mundo, infinidad de sociólogos, semiólogos, o destacados comunicadores sociales, han intentado buscarle una explicación al fenómeno, el cual se magnifica a raíz de la perdurabilidad del programa en el aire. Uno de ellos es el propio Matt Groening, quien supone que el secreto está justamente en las múltiples lecturas, ya que Los Simpson no sólo hacen reír, sino que también irritan. La teoría de Groening divide al mundo en dos, los “Pato Lucas” y los “Elmers”, y para ambos grupos el universo de Springfield tiene bastante para dar. “Los Pato Lucas, son aquellos que se ríen e irritan a otra gente, y los Elmers son los que no se ríen y se irritan”, sostiene el creador de la serie y luego ejemplifica: “Siempre es gracioso hacer un chiste que hace reír a los chicos y hace enojar al maestro”.

    En ese sentido, desde sus inicios, la serie mostró un tono muy crítico con la sociedad y la cultura estadounidense. Sus personajes están lejos de ser seres ejemplares, todo lo contrario: la mayoría son individuos esquizofrénicos, celosos y egocéntricos. Los hombres son mostrados como seres incapaces, torpes e ineptos, mientras que las mujeres son educadas, fuertes e inteligentes.

    “Quiero familias más parecidas a ‘Los Watson’ y menos a ‘Los Simpson’”, dijo alguna vez George Bush, ex presidente de los Estados Unidos y padre del actual primer mandatario yanki, en referencia a la serie norteamericana de los ’70 que exaltaba los valores tradicionales y la unidad familiar. Opinión que fue contestada desde la misma serie en boca de Bart: “Somos como los Watson: también rezamos para que termine la depresión”.

    Por otra parte, las múltiples lecturas de las que habla Groening también indican que las causas de este fenómeno que acapara a todas las edades, hay que buscarlas en las permanentes referencias culturales que ofrecen a los mayores el placer de reconocer, sentirse inteligentes o pertenecer al universo de la serie, a través de la inclusión de citas sobre cine, música, televisión, literatura, historia, artes plásticas, ciencia. Recreaciones de películas como Cabo de miedo, Vértigo, La guerra de las galaxias o El resplandor, cuadros de Botticelli y Matisse o composiciones como la Sinfonía Inconclusa de Franz Schubert - con un Homero que dice: “¿Inconclusa?, muy bien. No puede durar mucho” – hacen, junto a los innumerables cameos de celebridades de Hollywood y del mundo de la música, un cóctel demasiado sabroso para el espectador, como para poner otro canal.


 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

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