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“Mi vocación
se despertó tempranamente: a los ocho años
decidí ser aviador. Por una de esas
confusiones, el que la cumplió fue mi hermano,
supongo que a partir de ahí me quedé sin
vocación y tuve muchos oficios: El más
espectacular: limpiador de ventanas; el más
humillante: lava copas; el más burgués:
comerciante de antigüedades; el más secreto:
criptógrafo en Cuba”. A
esta extensa lista de oficios que Rodolfo
Walsh enumeró en alguna oportunidad, hay
que sumarle los dos por los que se lo recordará
siempre: periodista y escritor.
La
vida de Walsh podría dividirse en dos partes,
antes y después de Operación Masacre.
Antes, se crió en el seno de una familia
conservadora, de ascendencia irlandesa. Estudió
en un colegio de monjas y estuvo internado en
una congregación de curas.
A los 17 años comenzó a trabajar en
Editorial Hachette como traductor y corrector de
pruebas, y a los 20 publicó sus primeros textos
periodísticos. Variaciones en rojo, de
1953, fue el título de su primer libro de
cuentos, con el que ganó el Premio Municipal de
Literatura de Buenos Aires. Pero su vida comenzó
a cambiar a partir de la matanza de José León
Suárez del 9 de junio de 1956; Walsh descubrió
que habían quedado sobrevivientes, los contactó
uno a uno y a través de ellos fue
reconstruyendo, prolijamente, los hechos que
luego dieron lugar a su libro más famoso.
Walsh
y Capote
Hacía
tiempo que el periodista norteamericano, Truman
Capote, estaba buscando ideas para
transformar al periodismo en un arte literario
serio, ahora más conocido con el nombre de
novela verídica, hasta que en la mañana del 16
de noviembre de 1959, encontró lo que buscaba.
Una noticia en el New York Times lo
impactó, el título decía: “Asesinados
rico agricultor y tres familiares”, esta
nota fue el puntapié inicial de lo que tiempo
después se transformaría en A sangre fría.
Tres
años antes, en la noche del 9 de junio de 1956,
varias explosiones y tiroteos interrumpieron la
partida de ajedrez que Walsh estaba jugando en
el Club Copablanca. Los disturbios venían de
Plaza San Martín, el sitio de batalla más
importante de una fracasada insurrección
militar a favor de Juan Domingo Perón y
contra el gobierno del general Pedro Enrique
Aramburu. Esa noche, la policía fusiló a
un grupo de civiles en un basurero de la ciudad,
cinco murieron, uno resultó mal herido y cinco
más escaparon milagrosamente. La policía había
arrestado a los once hombres mientras escuchaban
una pelea de box por la radio en la casa de
quien, supuestamente, estaba involucrado en la
insurrección.
En
un principio, Walsh creyó que podía olvidarse
del incidente y continuar escribiendo cuentos
policiales, como lo venía haciendo hasta ese
momento. Sin embargo, seis meses después, el 18
de diciembre, un amigo le contó la historia de
una de las víctimas del fusilamiento
clandestino que había recibido un impacto de
bala en la cara y que había logrado sobrevivir.
Su nombre era Juan Carlos Livraga. Poco
tiempo después, comenzó a publicar artículos
en la prensa opositora acerca del caso. Buscó a
otros sobrevivientes, se cambió de nombre,
compró un revólver y se ocultó en dos
escondites. Su novela de “no ficción” de
este episodio a la que llamó Operación
Masacre, fue publicada por primera vez en
diciembre de 1957, ocho años antes que el libro
de Capote.
Tanto
al norteamericano como a Walsh, en sus
respectivos países, se los considera los
iniciadores de la novela verídica o novela
testimonio, pero ninguno de los dos escritores
inventó esta forma artística, a pesar de que
ambos influyeron en su desarrollo. El argentino,
a diferencia de Capote, no intentaba crear
concientemente un nuevo género literario cuando
escribió Operación Masacre, lo hizo por
indignación, para denunciar un crimen no
registrado por la prensa y para servir a la
justicia. “Investigué y relaté estos
hechos tremendos para darlos a conocer en la
forma más amplia, para que inspiren espanto,
para que no puedan jamás volver a repetirse”,
escribió, sin saber que la historia, tiempo
después, se repetiría pero con él como una de
las víctimas, porque mientras Capote se
interesaba por el periodismo en forma esporádica,
Walsh, siguió siendo periodista hasta que un
grupo de la ESMA lo asesinó. “Durante
varios meses he presenciado el silencio
voluntario de toda la prensa seria en torno a
esta execrable matanza, y he sentido vergüenza”,
dijo en la introducción de la primera edición
del libro y, en 1964, en la segunda edición, su
disgusto era todavía mayor: “Uno piensa
que una historia así, con un muerto que habla,
se la van a pelear en las redacciones, piensa
que está corriendo una carrera contra el
tiempo, que en cualquier momento un diario
grande va a mandar una docena de reporteros y
fotógrafos como en las películas. Es cosa de
reírse, a siete años de distancia, porque se
pueden revisar las colecciones de los diarios, y
esta historia no existió ni existe”.
Periodismo
independiente
Operación
Masacre se convirtió, de esta manera, en
uno de los primeros ejemplos contemporáneos de
lo que se conoce como nuevo periodismo
latinoamericano. Este informal movimiento
literario y periodístico, denunció crímenes
de Estado que no fueron registrados por la
prensa “seria” de la región e influyó en
el desarrollo del periodismo independiente de América
Latina. Relato de un náufrago (1955), de
Gabriel García Márquez, denunció a la
marina colombiana por la muerte de un grupo de
hombres que cayeron de un buque de guerra al
mar, debido a que había a bordo un contrabando
mal asegurado. Otros ejemplos de este género
incluyen: La noche de Tlatelolco (1971),
de Elena Poniatowska, una crónica de la
matanza de cientos de estudiantes en la ciudad
de México a manos del ejército en 1968; Araceli
(1979), de Carlos Alberto Luppi, una
denuncia del encubrimiento de los secuestros y
asesinatos de jovencitas a manos de magnates
locales en la ciudad brasileña de Vitória; y Recuerdo
de la muerte (1984), de Miguel Bonasso,
una novela de misterio acerca de las actividades
internacionales de los operativos militares
argentinos durante la llamada guerra sucia.
Rodolfo
Walsh luchó por este tipo de periodismo, ese
que rechaza ser cómplice de la injusticia. Él
y otros nuevos periodistas latinoamericanos
ayudaron a establecer y mantener medios de
comunicación independientes, particularmente en
períodos de extrema represión institucional.
Ellos practicaron lo que algunos llamaron
“periodismo comprometido”. El trabajo de
Walsh ha influido directa e indirectamente en el
entrenamiento de jóvenes periodistas y ha
ayudado a fortalecer la libertad de expresión.
La
eterna lucha
Cuando
se publicó en 1965 A sangre fría, de
Capote, Walsh iba por la segunda edición de su Operación
Masacre y junto con un grupo de periodistas
y escritores famosos había fundado la agencia
latinoamericana de noticias Prensa Latina. Fue
en esta agencia cuando, a principios de 1960, se
volvió famoso entre sus colegas como el
escritor que se adelantó a la CIA, después de
que descifró un
telegrama secreto de Guatemala, en donde
la misma CIA apoyaba los planes de algunos
exiliados para invadir Cuba.
En
1968, creó el semanario peronista CGT en
colaboración con el periodista Horacio
Verbitsky. CGT circuló legalmente hasta
mediados de 1969 y de manera clandestina hasta
febrero de 1970, cuando el gobierno lo cerró.
El trabajo de Walsh en el semanario le dio
material para un segundo libro verídico, ¿Quién
mató a Rosendo?, publicado en 1969. Esta
publicación, describe el asesinato de un líder
sindical, a manos de un jerarca también
sindical, que servía a los intereses del
gobierno argentino y de las empresas
extranjeras.
Entre
1972 y 1973, trabajó en un proyecto comunitario
de las villas miseria de Buenos Aires, donde
enseñaba periodismo, además de ayudar a los
estudiantes a publicar el Semanario Villero.
Para 1973, cuando se publicó su último libro
verídico, ya había ingresado al área de
informaciones de Montoneros, una facción de
izquierda nacionalista peronista que se convirtió
en un movimiento guerrillero urbano. Sirvió
como jefe de la sección de nota roja de Noticias,
un diario montonero cerrado por el gobierno al año
siguiente.
Después del
golpe militar, el 24 de marzo de 1976, Walsh y
Vertbitsky organizaron la agencia clandestina de
noticias ANCLA y denunciaron violaciones a los
derechos humanos. El 29 de septiembre de ese año,
Victoria Walsh, una de las hijas de
Rodolfo, también miembro de Montoneros y
periodista, se suicidó para evitar que fuera
capturada viva durante un asalto a un escondite
de la guerrilla. Seis meses más tarde, el 25 de
marzo de 1977, el mismo Walsh fue asesinado por
un escuadrón que había ido a secuestrarlo en
la intersección de las calles San Juan y Entre
Ríos. Su cuerpo nunca apareció. Justo horas
antes del ataque, envió por correo a los
diarios argentinos su famosa “Carta abierta
de un escritor a la Junta Militar” (ver
Carta...). La había terminado de escribir un día
antes en el primer aniversario del golpe. En ese
entonces, ninguno de los diarios se atrevió a
publicar esta “obra maestra del periodismo
universal”, tal cual la definió García Márquez
en una oportunidad. La carta circuló de forma
clandestina en el país y apareció en algunos
medios independientes latinoamericanos, además
de publicarse en la revista francesa Espirit
y la revista estadounidense Dissent.
Nadie
pudo callar a Rodolfo Walsh
A pesar del
carácter totalitario de la Junta Militar, la
voz de Walsh no pudo silenciarse completamente.
Ni la vigilancia militar, ni el riesgo de ser
asesinados o arrestados, impidieron que los
estudiantes de periodismo aprendieran de él y
que leyeran sus libros.
Antes
del golpe de 1976, el programa de periodismo de
la Universidad de La Plata era el más
prestigioso del país. Su planta de profesores
incluía gente de gran renombre como Gregorio
Selser, Silvio Frondizi y Eduardo
Galeano. En los primeros años después del
golpe, 36 estudiantes y profesores, de un total
de 220, desaparecieron. La escuela cerró por un
año y medio, y reabrió bajo fuerte vigilancia
militar en 1978. Se les exigía a las
bibliotecarias que llenaran una ficha por cada
libro sacado de la biblioteca, y así brindarles
información a los militares para identificar
subversivos, aunque algunas empleadas lograron
burlar esta burocracia para que los estudiantes
pudieran acceder, de contrabando, a los libros
de Walsh.
Hoy,
a 30 años de su asesinato y desaparición, su
legado es innegable. Sus obras son materia de
estudio en las principales escuelas de
periodismo del país y del exterior, donde su
nombre es absolutamente respetado. Ni la
dictadura, ni su posterior muerte, pudieron
callarlo y eso ya lo define por si solo.
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