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Carta abierta de un escritor a la Junta Militar.

Por Rodolfo Walsh

A 30 años del asesinato de Rodolfo Walsh

El legado de un periodista

Escritor único y emblema de lo que se conoce como nuevo periodismo, Rodolfo Walsh, fue un hombre comprometido con sus ideas, esas mismas que lo llevaron a encontrarse con la muerte el 25 de marzo de 1977. Autor de “Operación Masacre”, su obra más elogiada, y estratega de Montoneros, fue asesinado por un comando  de la dictadura horas después de enviar a los medios su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, para muchos, una obra maestra del periodismo universal. A 30 años de su muerte, su legado es innegable, porque su trabajo influyó, directa e indirectamente, en el entrenamiento de jóvenes periodistas y ayudó a fortalecer la libertad de expresión.

Por Diego Cabarcos 

dcabarcos@codigoretro.com.ar


    “Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano, supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios: El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lava copas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba”. A esta extensa lista de oficios que Rodolfo Walsh enumeró en alguna oportunidad, hay que sumarle los dos por los que se lo recordará siempre: periodista y escritor.

    La vida de Walsh podría dividirse en dos partes, antes y después de Operación Masacre. Antes, se crió en el seno de una familia conservadora, de ascendencia irlandesa. Estudió en un colegio de monjas y estuvo internado en una congregación de curas.  A los 17 años comenzó a trabajar en Editorial Hachette como traductor y corrector de pruebas, y a los 20 publicó sus primeros textos periodísticos. Variaciones en rojo, de 1953, fue el título de su primer libro de cuentos, con el que ganó el Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires. Pero su vida comenzó a cambiar a partir de la matanza de José León Suárez del 9 de junio de 1956; Walsh descubrió que habían quedado sobrevivientes, los contactó uno a uno y a través de ellos fue reconstruyendo, prolijamente, los hechos que luego dieron lugar a su libro más famoso.

Walsh y Capote

    Hacía tiempo que el periodista norteamericano, Truman Capote, estaba buscando ideas para transformar al periodismo en un arte literario serio, ahora más conocido con el nombre de novela verídica, hasta que en la mañana del 16 de noviembre de 1959, encontró lo que buscaba. Una noticia en el New York Times lo impactó, el título decía: “Asesinados rico agricultor y tres familiares”, esta nota fue el puntapié inicial de lo que tiempo después se transformaría en A sangre fría.

    Tres años antes, en la noche del 9 de junio de 1956, varias explosiones y tiroteos interrumpieron la partida de ajedrez que Walsh estaba jugando en el Club Copablanca. Los disturbios venían de Plaza San Martín, el sitio de batalla más importante de una fracasada insurrección militar a favor de Juan Domingo Perón y contra el gobierno del general Pedro Enrique Aramburu. Esa noche, la policía fusiló a un grupo de civiles en un basurero de la ciudad, cinco murieron, uno resultó mal herido y cinco más escaparon milagrosamente. La policía había arrestado a los once hombres mientras escuchaban una pelea de box por la radio en la casa de quien, supuestamente, estaba involucrado en la insurrección.

    En un principio, Walsh creyó que podía olvidarse del incidente y continuar escribiendo cuentos policiales, como lo venía haciendo hasta ese momento. Sin embargo, seis meses después, el 18 de diciembre, un amigo le contó la historia de una de las víctimas del fusilamiento clandestino que había recibido un impacto de bala en la cara y que había logrado sobrevivir. Su nombre era Juan Carlos Livraga. Poco tiempo después, comenzó a publicar artículos en la prensa opositora acerca del caso. Buscó a otros sobrevivientes, se cambió de nombre, compró un revólver y se ocultó en dos escondites. Su novela de “no ficción” de este episodio a la que llamó Operación Masacre, fue publicada por primera vez en diciembre de 1957, ocho años antes que el libro de Capote.

    Tanto al norteamericano como a Walsh, en sus respectivos países, se los considera los iniciadores de la novela verídica o novela testimonio, pero ninguno de los dos escritores inventó esta forma artística, a pesar de que ambos influyeron en su desarrollo. El argentino, a diferencia de Capote, no intentaba crear concientemente un nuevo género literario cuando escribió Operación Masacre, lo hizo por indignación, para denunciar un crimen no registrado por la prensa y para servir a la justicia. “Investigué y relaté estos hechos tremendos para darlos a conocer en la forma más amplia, para que inspiren espanto, para que no puedan jamás volver a repetirse”, escribió, sin saber que la historia, tiempo después, se repetiría pero con él como una de las víctimas, porque mientras Capote se interesaba por el periodismo en forma esporádica, Walsh, siguió siendo periodista hasta que un grupo de la ESMA lo asesinó. “Durante varios meses he presenciado el silencio voluntario de toda la prensa seria en torno a esta execrable matanza, y he sentido vergüenza”, dijo en la introducción de la primera edición del libro y, en 1964, en la segunda edición, su disgusto era todavía mayor: “Uno piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas. Es cosa de reírse, a siete años de distancia, porque se pueden revisar las colecciones de los diarios, y esta historia no existió ni existe”.

Periodismo independiente

    Operación Masacre se convirtió, de esta manera, en uno de los primeros ejemplos contemporáneos de lo que se conoce como nuevo periodismo latinoamericano. Este informal movimiento literario y periodístico, denunció crímenes de Estado que no fueron registrados por la prensa “seria” de la región e influyó en el desarrollo del periodismo independiente de América Latina. Relato de un náufrago (1955), de Gabriel García Márquez, denunció a la marina colombiana por la muerte de un grupo de hombres que cayeron de un buque de guerra al mar, debido a que había a bordo un contrabando mal asegurado. Otros ejemplos de este género incluyen: La noche de Tlatelolco (1971), de Elena Poniatowska, una crónica de la matanza de cientos de estudiantes en la ciudad de México a manos del ejército en 1968; Araceli (1979), de Carlos Alberto Luppi, una denuncia del encubrimiento de los secuestros y asesinatos de jovencitas a manos de magnates locales en la ciudad brasileña de Vitória; y Recuerdo de la muerte (1984), de Miguel Bonasso, una novela de misterio acerca de las actividades internacionales de los operativos militares argentinos durante la llamada guerra sucia.

    Rodolfo Walsh luchó por este tipo de periodismo, ese que rechaza ser cómplice de la injusticia. Él y otros nuevos periodistas latinoamericanos ayudaron a establecer y mantener medios de comunicación independientes, particularmente en períodos de extrema represión institucional. Ellos practicaron lo que algunos llamaron “periodismo comprometido”. El trabajo de Walsh ha influido directa e indirectamente en el entrenamiento de jóvenes periodistas y ha ayudado a fortalecer la libertad de expresión.

La eterna lucha

    Cuando se publicó en 1965 A sangre fría, de Capote, Walsh iba por la segunda edición de su Operación Masacre y junto con un grupo de periodistas y escritores famosos había fundado la agencia latinoamericana de noticias Prensa Latina. Fue en esta agencia cuando, a principios de 1960, se volvió famoso entre sus colegas como el escritor que se adelantó a la CIA, después de que descifró un  telegrama secreto de Guatemala, en donde la misma CIA apoyaba los planes de algunos exiliados para invadir Cuba.

    En 1968, creó el semanario peronista CGT en colaboración con el periodista Horacio Verbitsky. CGT circuló legalmente hasta mediados de 1969 y de manera clandestina hasta febrero de 1970, cuando el gobierno lo cerró. El trabajo de Walsh en el semanario le dio material para un segundo libro verídico, ¿Quién mató a Rosendo?, publicado en 1969. Esta publicación, describe el asesinato de un líder sindical, a manos de un jerarca también sindical, que servía a los intereses del gobierno argentino y de las empresas extranjeras.

    Entre 1972 y 1973, trabajó en un proyecto comunitario de las villas miseria de Buenos Aires, donde enseñaba periodismo, además de ayudar a los estudiantes a publicar el Semanario Villero. Para 1973, cuando se publicó su último libro verídico, ya había ingresado al área de informaciones de Montoneros, una facción de izquierda nacionalista peronista que se convirtió en un movimiento guerrillero urbano. Sirvió como jefe de la sección de nota roja de Noticias, un diario montonero cerrado por el gobierno al año siguiente.

    Después del golpe militar, el 24 de marzo de 1976, Walsh y Vertbitsky organizaron la agencia clandestina de noticias ANCLA y denunciaron violaciones a los derechos humanos. El 29 de septiembre de ese año, Victoria Walsh, una de las hijas de Rodolfo, también miembro de Montoneros y periodista, se suicidó para evitar que fuera capturada viva durante un asalto a un escondite de la guerrilla. Seis meses más tarde, el 25 de marzo de 1977, el mismo Walsh fue asesinado por un escuadrón que había ido a secuestrarlo en la intersección de las calles San Juan y Entre Ríos. Su cuerpo nunca apareció. Justo horas antes del ataque, envió por correo a los diarios argentinos su famosa “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” (ver Carta...). La había terminado de escribir un día antes en el primer aniversario del golpe. En ese entonces, ninguno de los diarios se atrevió a publicar esta “obra maestra del periodismo universal”, tal cual la definió García Márquez en una oportunidad. La carta circuló de forma clandestina en el país y apareció en algunos medios independientes latinoamericanos, además de publicarse en la revista francesa Espirit y la revista estadounidense Dissent.

Nadie pudo callar a Rodolfo Walsh

    A pesar del carácter totalitario de la Junta Militar, la voz de Walsh no pudo silenciarse completamente. Ni la vigilancia militar, ni el riesgo de ser asesinados o arrestados, impidieron que los estudiantes de periodismo aprendieran de él y que leyeran sus libros.

    Antes del golpe de 1976, el programa de periodismo de la Universidad de La Plata era el más prestigioso del país. Su planta de profesores incluía gente de gran renombre como Gregorio Selser, Silvio Frondizi y Eduardo Galeano. En los primeros años después del golpe, 36 estudiantes y profesores, de un total de 220, desaparecieron. La escuela cerró por un año y medio, y reabrió bajo fuerte vigilancia militar en 1978. Se les exigía a las bibliotecarias que llenaran una ficha por cada libro sacado de la biblioteca, y así brindarles información a los militares para identificar subversivos, aunque algunas empleadas lograron burlar esta burocracia para que los estudiantes pudieran acceder, de contrabando, a los libros de Walsh.

    Hoy, a 30 años de su asesinato y desaparición, su legado es innegable. Sus obras son materia de estudio en las principales escuelas de periodismo del país y del exterior, donde su nombre es absolutamente respetado. Ni la dictadura, ni su posterior muerte, pudieron callarlo y eso ya lo define por si solo.

 


 

 

 
 

 

   

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