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Algunos lo catalogaron como el “Walt
Disney argentino”, pero llamarlo así no
hace otra cosa que menoscabar el alcance de su
talento y de su obra, y Dante Quinterno
tenía nombre propio, un nombre que, sin
necesidad de ser comparado con ningún otro, es
considerado como uno de los más importantes del
comic nacional, un verdadero “prócer” del
género que hasta el mismo Disney llegó a
admirar.
Único hijo varón de los cuatro que
tuvieron Martín Bautista Quinterno y Laura
Raffo, Dante Raúl Quinterno, tal su nombre
completo, nació el 26 de octubre de 1909 en
Buenos Aires y realizó sus estudios en el
colegio Bernardino Rivadavia. Fue por ese
entonces cuando descubrió su vocación por el
dibujo. “Primero ensuciaba con grafito
cuanta superficie pulida se presentara a mi
vista. Después, en los recreos de la primaria,
garabateaba retratos de próceres argentinos en
los pizarrones”, contó alguna vez
Quinterno antes de llamarse a un voluntario
silencio que duró más de siete décadas. Su
último reportaje lo brindó en 1931, una
muestra casi increíble de perfil bajo para un
hombre que ha sido de los más exitosos en su
rubro.
Su primeros pasos en el mundo de la
historieta los dio a los 15 años cuando
ingresó como ayudante de Diógenes “El
mono” Taborda, famoso humorista y
caricaturista que, desde el diario Crítica,
deleitaba a los lectores con sus
caracterizaciones costumbristas de los
porteños, las que lo convirtieron en toda una
celebridad de la época. En 1925, al morir
Taborda, el joven Quinterno pasó a secundar a Arturo
Lanteri, autor de uno de los primeros
grandes personajes que dio la historieta
nacional: El Negro Raúl. Pero Lanteri no
pudo contar con sus servicios por mucho tiempo.
Ese mismo año, a través de Muzio Saenz
Peña, director del diario El Mundo,
Quinterno tuvo la oportunidad de publicar su
primera tira en la revista El Suplemento,
a
la que tituló Panitruco. Al año
siguiente, su trabajo comenzó a multiplicarse y
creó, para La Novela Semanal, Andanzas
y Desventuras de Manolo Quaranta. Pero fue
en 1927 cuando, desde el legendario diario Crítica,
llegó su primer gran éxito con un personaje
llamado Don Gil Contento, un porteño que
utilizaba su viveza para convertirse en miembro
de la aristocracia. Luego, en ese mismo año, y
para El Mundo, creó a Don Fermín,
que después cambiaría su nombre por el de Don
Fierro.
El año siguiente no fue uno más para
Quinterno, el 19 de octubre se produjo un hecho
importante que terminaría por marcar su carrera
para siempre. Dentro de la tira de Don Gil
Contento hizo su aparición, como personaje
secundario, quien se transformaría en su más
famosa creación: el indio Curugua
Curiguagüigua, más conocido como Patoruzú.
Sin embargo, más allá del excelente futuro que
el destino tenía deparado para este personaje,
el debut fue también despedida. Al día
siguiente, sin ningún tipo de explicaciones, la
tira se levantó.
Al poco tiempo, Quinterno
comenzó a trabajar para La Razón con
una nueva creación: Julián de Montepío,
otro porteño avivado con aires de play boy. No
mucho después, Julián también recibió
en su tira a Patoruzú, con lo que el
autor quiso repetir la experiencia frustrada del
diario Crítica, pero esta vez, sin
levantamientos de por medio, el resultado fue un
éxito, tanto que, al poco tiempo, el indio
relegó al personaje principal y la tira pasó a
titularse con su nombre.
Mientras tanto, y para acompañar la
página de los automóviles del mismo medio,
creó un personaje llamado Pepe Torpedo,
un nuevo porteño piola y amante de los
“fierros”. Luego, algunas diferencias con La
Razón lo alejaron del diario y se fue, con Patoruzú
bajo el brazo, al diario El Mundo, donde
ya publicaba, desde hacía cuatro años, una
tira que acompañaba los resultados del turf,
protagonizada por un oficinista tímido y
fanático de las carreras de caballos llamado Isidoro
Batacazo. Por su parte, La Razón,
que tenía los derechos de Julián de
Montepío,
se quedó con el personaje y republicó,
una y otra vez y hasta el cansancio, sus
historias iniciales hasta antes de la llegada
del indio, que sí era propiedad del autor,
mientras que las aventuras de Torpedo
terminaron con la partida de su creador.
Al poco tiempo, y a raíz de las malas
experiencias del pasado, el padre de Patoruzú
y de tantos otros personajes, creó el
primer sindicato argentino de historieta. Fue a
partir de entonces que el dueño de una tira, y
de los personajes que la componen, pasó a ser
el autor y no el medio que los publica.
El 20 de noviembre de 1942, Quinterno
llegó al cine con un corto de quince
minutos titulado Upa en apuros, el primer
dibujo animado argentino en colores, el cual se
presentó en el cine Ambassador, antes
del estreno de una obra clave del cine nacional:
La guerra gaucha.
En 1945 se produjeron dos hechos
importantes para su carrera, por un lado, lanzó
el que sería otro boom editorial: Patoruzito,
un semanario de historietas de aventuras, cuya
tira central estaba protagonizada por una
versión infantil del cacique; y por otro lado,
su querido Patoruzú comenzó a
publicarse en el diario PM de Estados
Unidos, convirtiéndose en la primera historieta
sudamericana en desembarcar en el país del
norte.
En los ’50 su vida dio un giro
significativo y luego de comprar campos en
Cañuelas, Coronel Brandsen y Trenque Lauquen,
se dedicó a la actividad rural y ganadera y
creó la revista Dinámica Rural, que
compitió con la tradicional revista Chacra.
Pero su éxito editorial no se detuvo ahí y
siguió con marcha firme, durante esa década,
al lanzar revistas dedicadas exclusivamente a
cada uno de sus personajes más importantes,
así fue como aparecieron Las grandes
andanzas del Indio Patoruzú, en 1956; Correrías
de un pequeño gran cacique Patoruzito, en
1957 y las ya mencionadas Locuras de Isidoro,
en 1968, revistas que todavía hoy siguen
publicándose mensualmente, en una reedición de
las viejas historias con los retoques temporales
pertinentes.
Dante Quinterno siguió, siempre con su
perfil bajo, ocupándose de su editorial hasta
las últimos días de su vida. Falleció el 14
de mayo de 2003 a los 93 años. Tuvo tres hijos:
Dante, Walter y Mónica, de
su matrimonio con Rosa Schiaffino con
quien se casó en 1938.
Con su partida, un sinfin de personajes
entrañables de la historieta argentina quedaron
huérfanos, pero con la suficiente vida propia
como para salir a la conquista de las nuevas
generaciones. De hecho, el filme Patoruzito,
de 2004, se convirtió en una de las películas
más vistas del cine nacional y hay proyectos
para llevar
las aventuras de Isidoro a una
cadena de televisión de dibujos animados
internacional y al pantalla grande también.
Quinterno puede descansar en paz, su obra sigue
intacta y su personajes más vivos que nunca.
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