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Cuando tenía seis años y trabajaba como
repartidor en una verdulería de su Rosario
natal, Alberto Olmedo no imaginaba que
muchos años después, en pleno siglo XXI, su
cara se convertiría en un símbolo, de esos que
los jóvenes llevan con orgullo estampados en
las remeras, pegados en el vidrio trasero de los
coches o tatuados en algún lugar del cuerpo,
privilegio que comparte, salvando distancias que
no vienen al caso, con El Che Guevara, Curly
de Los Tres Chiflados y algún que otro
mito más, de esos que, si bien son diferentes
entre si e imposibles de comparar, trascienden
generaciones y se igualan en el tiempo.
Cuando Olmedo falleció en Mar del Plata
aquella mañana gris del sábado 5 de marzo de
1988, el país se conmocionó. Esa noche los
teatros no abrieron sus puertas y el cementerio
de la Chacarita, al día siguiente, se colmó de
gente que aplaudía y lloraba a la vez. Él, el
Negro, como le gustaba que lo llamaran,
estandarte de una raza ya casi extinguida, la
del capocómico, que durante décadas hizo reír
al público desde el cine, el teatro o la
televisión, por primera vez hacía llorar. Su
muerte, que llegó cuando pasaba por el momento
de mayor popularidad de su carrera, sacudió
hasta a aquellos que lo criticaban por su
supuesto humor chabacano, que en definitiva
fueron los mismos que, como sucede en estos
casos, horas después comenzaron a hablar del
nacimiento del mito.
Olmedo dejó un recuerdo invalorable e
infinidad de personajes que de solo recordarlos
ya provocan una sonrisa: El Capitán Piluso,
Rucucu, Yéneral Gonzáles, Chiquito
Reyes, El Dictador de Costa Pobre, El
Manosanta, Perkins, Rogelio Roldán,
entre tantos otros. Sus compañeros, esos que de
su mano disfrutaron de las mieles del éxito,
nunca dudan en sostener que “el Negro era
un buen tipo”, generoso arriba y abajo del
escenario, algo difícil de encontrar en el
ambiente del espectáculo.
De
repartidor a capocómico
Su nombre completo era
Alberto Orlando Olmedo y nació en la ciudad de
Rosario el 24 de agosto de 1933 en un hogar
pobre y de madre soltera, con todo lo que eso
implicaba en aquellos años. Desde muy chico, el
actor tuvo que trabajar para ayudar en su casa.
Su primer trabajo lo consiguió a los seis años
como repartidor en una verdulería. Cuando se le
preguntaba si ese era un mal recuerdo de su
infancia, decía que lo tomaba más como un
juego que como un trabajo. “Nunca me sentí
mal por eso. Al contrario, cuando uno trabaja
desde los seis años y medio, la cosa se
convierte en un juego más. Para mi era mucho más
dramático ir al colegio que hacer el reparto”,
le contaba Olmedo a la revista Gente en
1974.
Luego de la verdulería fue cadete de una
farmacia y después de una carnicería, todo
mientras hacía la primaria. En los inicios de
la adolescencia hizo changas de todo tipo, hasta
que a los 14 años ingresó a la claque del
teatro La Comedia de Rosario. Un año
después comenzó a hacer acrobacia y se
incorporó al Primer Conjunto de Gimnasia Plástica
en el club Newel´s Old Boys. Por ese entonces
también formaba parte de una agrupación artística
vocacional en el Centro Asturiano llamada
La trouppe juvenil asturiana. Así, de a
poco, su vida comenzaba a mezclarse con el
espectáculo.
Con la acrobacia, aunque no cobraba un
peso, hizo giras por todo el país y Chile. Fue
allí, en el país vecino, donde, de casualidad,
hizo su primer número cómico. En plena actuación
se le ocurrió perseguir una mosca, saltó del
escenario y se metió entre el público. La
gente lo festejó. Ahí, el rosarino entendió
que lo suyo podía ir por el lado de la
comicidad y empezó a mechar cada vez más
sketchs en los espectáculos que realizaba.
A fines de 1954, el director Francisco
“Pancho” Guerrero, de quien el cómico
era amigo, lo convenció de viajar a Buenos
Aires a probar suerte. En la Capital, y
por medio del mismo Guerrero, ingresó al viejo Canal
7 como switcher. Pero el destino de Olmedo
estaba marcado. En la cena de fin de año de
1955, quizás con unas copas de más, se subió
a una mesa y realizó una extraordinaria
improvisación que impresionó a los directivos
del Canal, tanto que ese mismo día le
ofrecieron trabajo como actor. Una semana después,
Alberto Olmedo aparecía por primera vez delante
de cámaras en La Trouppe de TV, junto a Tincho
Zabala y María Esther Gamas entre
otros y en La revista de Jean Cartier,
donde hacía monólogos y sketches. “Empecé
cargando a la gente de la TV, pero después de
un tiempo pensé que eso no podía seguir porque
estaba hablando de gente que el público no
conocía. Entonces se me ocurrió empezar a
mostrar lo que era realmente la TV. Le hice
conocer al público lo que eran las cámaras,
los cameraman, los estudios, los decorados, los
micrófonos; le enseñé lo que era un boom”,
recordaba el cómico en 1974, a poco de cumplir
40 años. “Buscaba la manera de quitarle un
poco de dureza a la cosa, porque en esa época
todo era demasiado serio, demasiado
ceremonioso”, concluyó.
Al poco tiempo, le ofrecieron hacer de Joe
Bazooka los sábados al mediodía. Era su
primera experiencia en programas infantiles.
Esto sin abandonar su trabajo como switcher. El
programa duró tres años hasta que en 1960, por
la pantalla recién inaugurada de Canal 9, llegó
el primer gran éxito del rosarino: El Capitán
Piluso. De la mano de su inseparable compañero
Coquito, interpretado por Humberto
Ortiz, Piluso invitaba a los chicos a
tomar la leche y a mirar dibujos animados. El
programa, cuyo éxito derivó en una película y
en obras de teatro para las vacaciones de
invierno, se mantuvo tres años y medio en esa
emisora, uno en Canal 7 y dos temporadas
por la pantalla de Canal 2, de La Plata.
Pero Olmedo tenía la virtud de poder
trabajar de día para los chicos y de noche para
los adultos sin que eso generara ningún
conflicto. En marzo del ’64 se incorporó al
elenco de un programa que hizo historia, Operación
JA JA, escrito por los hermanos Gerardo
y Hugo Sofovich para Canal 11.
Por este programa ganó un Martín Fierro en
1968 como “Mejor labor cómica”,
premio que volvería a obtener en 1988, meses
después de su muerte.
Luego hizo varios programas de suerte
diversa, algunos incluso como conductor. En 1970
condujo El test de las familias, un
entretenimiento de verano que no tuvo mucha
aceptación. Ese mismo año batió el record de
permanencia en cámara con Las 36 horas de
Olmedo, un programa a beneficio de la Casa
Cuna y el Hospital Argerich. También hizo: Teatro
cómico, El Botón, Fresco y
Batata (con Jorge Porcel), Alberto
Vilar, el indomable y El Chupete, que
fue levantado abruptamente en 1976, luego de
tres exitosas temporadas, por una broma que se
hizo en el primer programa de ese año, al
anunciarse la desaparición física del cómico.
Por este episodio el gobierno militar lo dejó
dos años sin pantalla, hasta que volvió, de la
mano de Hugo Sofovich, con Olmedo ’78,
cuyo éxito hizo que al año siguiente se
repitiera con Olmedo ’79.
Su próximo suceso televisivo llegó en
1981, con su más recordado programa: No toca
botón, también con la pluma del menor de
los Sofovich y por Canal 11. Fue en este
programa donde desplegó la mayoría de los
personajes que hoy todos recuerdan y donde brilló
su dúo con Javier Portales, sobre todo
en el recordado sketch de Alvarez y Borges.
Su última temporada fue en el ’87 por la
pantalla del entonces líder Canal 9. Fue el año
en que se desató la “Olmedomanía”, el
programa batía record de audiencia todos los
viernes a las 22 y el cómico era el centro de
todas las miradas y tapa de revistas en forma
permanente.
Pero si bien era la televisión el medio
que Olmedo prefería y que más conocía, y
donde podía desplegar todo su talento para la
improvisación, el ámbito cinematográfico
tampoco le fue ajeno. Filmó más de 40 películas
y formó, junto al inolvidable “Gordo”
Porcel, una de las duplas cómicas más
taquilleras del cine nacional y en un género
tan argentino como la comedia picaresca.
El primer gran éxito del dúo llegó en
1973 con Los caballeros de la cama redonda
y a ese título le siguieron otros como Los
doctores las prefieren desnudas, Las
turistas quieren guerra, A los cirujanos
se les va la mano y muchos más. En cuanto
al teatro, se lució en las revistas de la
avenida Corrientes que lo tuvieron como una de
sus principales figuras y en 1987 batió el
record de público en Mar del Plata con la
comedia El Negro no puede, que le valió
el premio “Estrella de mar”.
Pero todo terminó luego de un accidente
absurdo aquel 5 de marzo en Mar del Plata, dos días
después del estreno de su última película, Atracción
peculiar, también con Porcel. Jugando en la
baranda del balcón de su departamento, perdió
el equilibrio y cayó al vacío desde un piso
once. Fue su última pirueta. Estaba en La
Feliz presentando en el teatro la obra Éramos
tan pobres, el éxito de taquilla de esa
temporada de verano que ya llegaba a su fin. Los
estudios posteriores a su muerte determinaron
que se encontraba bajo un efecto de euforia
producido por una mezcla de alcohol y drogas.
Olmedo se casó en dos oportunidades y
tuvo seis hijos, el último, Alberto Olmedo
Jr, de su relación con la actriz Nancy
Herrera, nació meses después de su muerte.
Con su partida, el cómico dejó un vacío
imposible de llenar, es por eso que, aunque
hayan pasado ya 20 años de aquella triste mañana,
su imagen sigue presente. Porque dejó, como
solo sucede con los grandes, un recuerdo que
trasciende generaciones, algo que seguro no
imaginaba a los seis años cuando era repartidor
de una verdulería de Rosario.
Las
fotografías son propiedad del sitio oficial de Alberto
Olmedo, www.olmedo.com.ar
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