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Alberto Olmedo

Aquella vieja costumbre de hacer reír

Criticado en vida, alabado después de muerto, Alberto Olmedo fue el capocómico por excelencia. Vivió en la pobreza y casi sin darse cuenta se convirtió en una estrella de la TV. Junto a  Jorge Porcel formó la dupla cómica más importante del cine nacional. El 5 de marzo de 2008 se cumplen 20 años desde aquella trágica mañana marplatense, en la que el actor hizo su última pirueta.

Por Diego Cabarcos 

dcabarcos@codigoretro.com.ar


    Cuando tenía seis años y trabajaba como repartidor en una verdulería de su Rosario natal, Alberto Olmedo no imaginaba que muchos años después, en pleno siglo XXI, su cara se convertiría en un símbolo, de esos que los jóvenes llevan con orgullo estampados en las remeras, pegados en el vidrio trasero de los coches o tatuados en algún lugar del cuerpo, privilegio que comparte, salvando distancias que no vienen al caso, con El Che Guevara, Curly de Los Tres Chiflados y algún que otro mito más, de esos que, si bien son diferentes entre si e imposibles de comparar, trascienden generaciones y se igualan en el tiempo.

    Cuando Olmedo falleció en Mar del Plata aquella mañana gris del sábado 5 de marzo de 1988, el país se conmocionó. Esa noche los teatros no abrieron sus puertas y el cementerio de la Chacarita, al día siguiente, se colmó de gente que aplaudía y lloraba a la vez. Él, el Negro, como le gustaba que lo llamaran, estandarte de una raza ya casi extinguida, la del capocómico, que durante décadas hizo reír al público desde el cine, el teatro o la televisión, por primera vez hacía llorar. Su muerte, que llegó cuando pasaba por el momento de mayor popularidad de su carrera, sacudió hasta a aquellos que lo criticaban por su supuesto humor chabacano, que en definitiva fueron los mismos que, como sucede en estos casos, horas después comenzaron a hablar del nacimiento del mito.

    Olmedo dejó un recuerdo invalorable e infinidad de personajes que de solo recordarlos ya provocan una sonrisa: El Capitán Piluso, Rucucu, Yéneral Gonzáles, Chiquito Reyes, El Dictador de Costa Pobre, El Manosanta, Perkins, Rogelio Roldán, entre tantos otros. Sus compañeros, esos que de su mano disfrutaron de las mieles del éxito, nunca dudan en sostener que “el Negro era un buen tipo”, generoso arriba y abajo del escenario, algo difícil de encontrar en el ambiente del espectáculo.

De repartidor a capocómico

    Su nombre completo era Alberto Orlando Olmedo y nació en la ciudad de Rosario el 24 de agosto de 1933 en un hogar pobre y de madre soltera, con todo lo que eso implicaba en aquellos años. Desde muy chico, el actor tuvo que trabajar para ayudar en su casa. Su primer trabajo lo consiguió a los seis años como repartidor en una verdulería. Cuando se le preguntaba si ese era un mal recuerdo de su infancia, decía que lo tomaba más como un juego que como un trabajo. “Nunca me sentí mal por eso. Al contrario, cuando uno trabaja desde los seis años y medio, la cosa se convierte en un juego más. Para mi era mucho más dramático ir al colegio que hacer el reparto”, le contaba Olmedo a la revista Gente en 1974.

    Luego de la verdulería fue cadete de una farmacia y después de una carnicería, todo mientras hacía la primaria. En los inicios de la adolescencia hizo changas de todo tipo, hasta que a los 14 años ingresó a la claque del teatro La Comedia de Rosario. Un año después comenzó a hacer acrobacia y se incorporó al Primer Conjunto de Gimnasia Plástica en el club Newel´s Old Boys. Por ese entonces también formaba parte de una agrupación artística vocacional en el Centro Asturiano llamada La trouppe juvenil asturiana. Así, de a poco, su vida comenzaba a mezclarse con el espectáculo.

    Con la acrobacia, aunque no cobraba un peso, hizo giras por todo el país y Chile. Fue allí, en el país vecino, donde, de casualidad, hizo su primer número cómico. En plena actuación se le ocurrió perseguir una mosca, saltó del escenario y se metió entre el público. La gente lo festejó. Ahí, el rosarino entendió que lo suyo podía ir por el lado de la comicidad y empezó a mechar cada vez más sketchs en los espectáculos que realizaba.

    A fines de 1954, el director Francisco “Pancho” Guerrero, de quien el cómico era amigo, lo convenció de viajar a Buenos Aires a probar suerte. En la Capital, y por medio del mismo Guerrero, ingresó al viejo Canal 7 como switcher. Pero el destino de Olmedo estaba marcado. En la cena de fin de año de 1955, quizás con unas copas de más, se subió a una mesa y realizó una extraordinaria improvisación que impresionó a los directivos del Canal, tanto que ese mismo día le ofrecieron trabajo como actor. Una semana después, Alberto Olmedo aparecía por primera vez delante de cámaras en La Trouppe de TV, junto a Tincho Zabala y María Esther Gamas entre otros y en La revista de Jean Cartier, donde hacía monólogos y sketches. “Empecé cargando a la gente de la TV, pero después de un tiempo pensé que eso no podía seguir porque estaba hablando de gente que el público no conocía. Entonces se me ocurrió empezar a mostrar lo que era realmente la TV. Le hice conocer al público lo que eran las cámaras, los cameraman, los estudios, los decorados, los micrófonos; le enseñé lo que era un boom”, recordaba el cómico en 1974, a poco de cumplir 40 años. “Buscaba la manera de quitarle un poco de dureza a la cosa, porque en esa época todo era demasiado serio, demasiado ceremonioso”, concluyó.

   Al poco tiempo, le ofrecieron hacer de Joe Bazooka los sábados al mediodía. Era su primera experiencia en programas infantiles. Esto sin abandonar su trabajo como switcher. El programa duró tres años hasta que en 1960, por la pantalla recién inaugurada de Canal 9, llegó el primer gran éxito del rosarino: El Capitán Piluso. De la mano de su inseparable compañero Coquito, interpretado por Humberto Ortiz, Piluso invitaba a los chicos a tomar la leche y a mirar dibujos animados. El programa, cuyo éxito derivó en una película y en obras de teatro para las vacaciones de invierno, se mantuvo tres años y medio en esa emisora, uno en Canal 7 y dos temporadas por la pantalla de Canal 2, de La Plata.

    Pero Olmedo tenía la virtud de poder trabajar de día para los chicos y de noche para los adultos sin que eso generara ningún conflicto. En marzo del ’64 se incorporó al elenco de un programa que hizo historia, Operación JA JA, escrito por los hermanos Gerardo y Hugo Sofovich para Canal 11. Por este programa ganó un Martín Fierro en 1968 como “Mejor labor cómica”, premio que volvería a obtener en 1988, meses después de su muerte.

   Luego hizo varios programas de suerte diversa, algunos incluso como conductor. En 1970 condujo El test de las familias, un entretenimiento de verano que no tuvo mucha aceptación. Ese mismo año batió el record de permanencia en cámara con Las 36 horas de Olmedo, un programa a beneficio de la Casa Cuna y el Hospital Argerich. También hizo: Teatro cómico, El Botón, Fresco y Batata (con Jorge Porcel), Alberto Vilar, el indomable y El Chupete, que fue levantado abruptamente en 1976, luego de tres exitosas temporadas, por una broma que se hizo en el primer programa de ese año, al anunciarse la desaparición física del cómico. Por este episodio el gobierno militar lo dejó dos años sin pantalla, hasta que volvió, de la mano de Hugo Sofovich, con Olmedo ’78, cuyo éxito hizo que al año siguiente se repitiera con Olmedo ’79.

    Su próximo suceso televisivo llegó en 1981, con su más recordado programa: No toca botón, también con la pluma del menor de los Sofovich y por Canal 11. Fue en este programa donde desplegó la mayoría de los personajes que hoy todos recuerdan y donde brilló su dúo con Javier Portales, sobre todo en el recordado sketch de Alvarez y Borges. Su última temporada fue en el ’87 por la pantalla del entonces líder Canal 9. Fue el año en que se desató la “Olmedomanía”, el programa batía record de audiencia todos los viernes a las 22 y el cómico era el centro de todas las miradas y tapa de revistas en forma permanente.

   Pero si bien era la televisión el medio que Olmedo prefería y que más conocía, y donde podía desplegar todo su talento para la improvisación, el ámbito cinematográfico tampoco le fue ajeno. Filmó más de 40 películas y formó, junto al inolvidable “Gordo” Porcel, una de las duplas cómicas más taquilleras del cine nacional y en un género tan argentino como la comedia picaresca.  El primer gran éxito del dúo llegó en 1973 con Los caballeros de la cama redonda y a ese título le siguieron otros como Los doctores las prefieren desnudas, Las turistas quieren guerra, A los cirujanos se les va la mano y muchos más. En cuanto al teatro, se lució en las revistas de la avenida Corrientes que lo tuvieron como una de sus principales figuras y en 1987 batió el record de público en Mar del Plata con la comedia El Negro no puede, que le valió el premio “Estrella de mar”.

    Pero todo terminó luego de un accidente absurdo aquel 5 de marzo en Mar del Plata, dos días después del estreno de su última película, Atracción peculiar, también con Porcel. Jugando en la baranda del balcón de su departamento, perdió el equilibrio y cayó al vacío desde un piso once. Fue su última pirueta. Estaba en La Feliz presentando en el teatro la obra Éramos tan pobres, el éxito de taquilla de esa temporada de verano que ya llegaba a su fin. Los estudios posteriores a su muerte determinaron que se encontraba bajo un efecto de euforia producido por una mezcla de alcohol y drogas.

    Olmedo se casó en dos oportunidades y tuvo seis hijos, el último, Alberto Olmedo Jr, de su relación con la actriz Nancy Herrera, nació meses después de su muerte.

    Con su partida, el cómico dejó un vacío imposible de llenar, es por eso que, aunque hayan pasado ya 20 años de aquella triste mañana, su imagen sigue presente. Porque dejó, como solo sucede con los grandes, un recuerdo que trasciende generaciones, algo que seguro no imaginaba a los seis años cuando era repartidor de una verdulería de Rosario.


Las fotografías son propiedad del sitio oficial de Alberto Olmedo, www.olmedo.com.ar

 

 
 

 

   

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