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Esto
es lo que escribió Jorge
Luis Borges
en la revista Sur, en agosto de 1941:
“Citizen Kane (cuyo
nombre en la República Argentina es El
Ciudadano) tiene por lo menos dos
argumentos. El primero, de una imbecilidad casi
banal, quiere sobornar el aplauso de los muy
distraídos. Es formulable así: un vano
millonario acumula estatuas, huertos, palacios,
piletas de natación, diamantes, vehículos,
bibliotecas, hombres y mujeres; a semejanza de
un coleccionista anterior (cuyas observaciones
es tradicional atribuir al Espíritu Santo)
descubre que esas misceláneas y plétoras son
vanidad de vanidades y todo vanidad, en el
instante de la muerte, anhela un solo objeto del
universo ¡un trineo debidamente pobre con el
que en su niñez ha jugado! El segundo es muy
superior. Une al recuerdo de Koheleth el de otro
nihilista: Franz Kafka. El tema (a la vez
metafísico y policial, a la vez psicológico y
alegórico) es la investigación del alma
secreta de un hombre, a través de las obras que
ha construido, de las palabras que ha
pronunciado, de los muchos destinos que ha roto.
El procedimiento es el de Joseph Conrad en Chance (1914) y el del hermoso film The Power and the Glory: la rapsodia de escenas heterogéneas,
sin orden cronológico. Abrumadoramente,
infinitamente, Orson Welles exhibe fragmentos de
la vida del hombre Charles Foster Kane y nos
invita a combinarlos y a reconstruirlo.
Las
formas de la multiplicidad, de la inconexión,
abundan en el film: las primeras escenas
registran los tesoros acumulados por Foster Kane;
en una de las últimas, una pobre mujer lujosa y
doliente juega en el suelo de un palacio que es
también un museo, con un rompecabezas enorme.
Al final comprendemos que los fragmentos no
están regidos por una secreta unidad: el
aborrecido Charles Foster Kane es un simulacro,
un caos de apariencias (corolario posible, ya
previsto por David Hume, por Ernst Mach y por
nuestro Macedonio Fernández: ningún hombre
sabe quién es, ningún hombre es alguien). En
uno de los cuentos de Chesterton - The
Head of Caesar, creo -, el héroe observa
que nada es tan aterrador como un laberinto sin
centro. Este film es exactamente ese laberinto.
Todos sabemos que una fiesta, un palacio,
una gran empresa, un almuerzo de escritores o
periodistas, un ambiente cordial de franca y
espontánea camaradería, son esencialmente
horrorosos; Citizen
Kane es el primer film que los muestra
con alguna conciencia de esa verdad.
La
ejecución es digna, en general, del vasto
argumento. Hay fotografías de admirable
profundidad, fotografías cuyos últimos planos
(como las telas de los prerrafaelistas) no son
menos precisos y puntuales que los primeros.
Me
atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen
Kane perdurará como "perduran"
ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo
valor histórico nadie niega, pero que nadie se
resigna a rever. Adolece de gigantismo, de
pedantería, de tedio. No es inteligente, es
genial: en el sentido más nocturno y más
alemán de esta mala palabra.”

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