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Lo digo de una: odio los casamientos.
Pocas cosas me fastidian tanto como cuando
recibo la invitación para ir a uno. De hecho
pongo la misma cara que cuando me llega una
multa del auto. Porque lo primero que pienso es
en la guita que voy a tener que desembolsar en
el regalo. Y estas son cosas que cuando uno era
chico no le sucedían porque los regalos de
casamiento, de cumpleaños, etc, lo compraban
los padres.
Además, lo terrible de las fiestas de
casamiento es que son todas iguales. Desde la época
de nuestro abuelos para acá lo único que cambió
es el video pedorro que te pasan con las
pésimas actuaciones de los recién casados, que
por lo general dan vergüenza agena. Después,
el resto es todo igual: el carnaval carioca, la
música del Club del Clan... y el tío
borracho que le tira los perros a las amigas
de la novia.
Un capítulo aparte, sin dudas, lo
conforman las mujeres, que no sólo se disfrazan
de paquete de caramelos, sino que algunas
se ponen una especie de fiambrera en la cabeza,
como si le estuvieran rindiendo un homenaje al
soldado Ryan. Y lo más raro de todo es esa
cartera diminuta que llevan varias que vos te
preguntás “¿qué cuernos meten ahí
adentro si no entra ni una uña postiza?”.
Por otra parte, recuerdo que al último
casamiento que fui no conocía ni a la novia y
cuando fui a darle el beso de rigor, me tuve que
presentar y decirle: “Qué
tal, yo soy amigo del primo del tío de tu novio”.
“Ah, encantada, gracias por venir”,
me dijo. ¿Y qué me iba a decir, la mina? La novia en ese
momento está en una nube de pedo, como drogada.
Le da todo igual. Yo le podría haber dicho: “Qué
tal, soy el violador del Núñez y vos sos mi próxima
víctima”,
y ella igualmente me hubiera respondido: “Ah,
encantada, gracias por venir”.
Ahora lo que mas odio de los casamientos
es el momento de trasladarse de la iglesia a la
fiesta. Se te mete gente en el coche que no
conocés. Las tías del novio, esas que están
todas pintarrajeadas, son las primeras en
colarse, y si tu coche es de dos puertas, las
tenés que ayudar a subir empujándolas del culo,
con el vestido que se les sube a las caderas, y
la faja hasta el cogote. Un desastre.
Y después viene la caravana de autos
hasta el salón. Las viejas que van con vos te
dicen: “seguí al coche del tío Juan”,
“¿Y quién es el tío Juan?”
preguntas vos, “el del coche azul”,
te dicen. Entonces vas vos en medio de una fila
de doce autos, que en cuanto el tío Juan, que
va primero y es el único que sabe el camino, se
pase de largo un semáforo y doble, y los demás
se queden parados, entran todos en pánico y se
empiezan a llamar por celular desesperados para
ver como cuernos llegar al bendito
salón
que siempre, no se por qué, queda en la otra
punta de la iglesia.
En medio de todo ese quilombo, las viejas
te piden que subas tu ventanilla porque
se despeinan. Vos a esa altura ya tenés más
ganas de irte a tu casa a ver el partido
televisado que ir a la maldita fiesta. Pero
claro, cuando te acordás de la guita
que pusiste en el regalo, ni loco dejas de
ir a la fiesta.
Ahora eso si, hay que reconocerlo: una
cosa está muy bien organizada en los
casamientos: el reparto
de boludos. Ponen uno en cada mesa.
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