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Isidoro

El rey de la noche porteña

Isidoro Cañones es uno de los personajes más emblemáticos de la historieta argentina. Nació en 1935 como personaje secundario de Patoruzú y pronto mereció espacio propio. Encarnó al típico porteño piola y avivado que desde sus aventuras, le mostró al país la noche de Buenos Aires, como nadie lo había hecho antes. Para mediados de 2007 será llevado a la pantalla grande por primera vez en su larga historia.

Por Diego Cabarcos 

dcabarcos@codigoretro.com.ar



    De Mar del Plata a Montecarlo, de Londres a Nueva York, cualquier ciudad del mundo podía rendirse a los pies del gran Isidoro Cañones, el rey de los playboys, como él mismo se hacía llamar. Príncipes, condesas y hasta las estrellas de Hollywood del momento morían por estar a su lado, porque él si que sabía como divertirse y, sobre todo, como hacer divertir a los demás, tal como lo viene haciendo con los lectores de su revista desde hace ya 71 años. Porque nadie mejor que él encarnó al típico porteño piola y avivado. Un verdadero “chanta”, que siempre estaba planeando alguna nueva artimaña para conseguir dinero fácil, y sin trabajar por supuesto. Planes que nunca terminaban como él quería, aunque siempre se las ingeniaba para caer bien parado.

    Exquisita creación del genial Dante Quinterno, Isidoro hizo su aparición en 1935, en el diario El Mundo, como personaje secundario de la tira de Patoruzú. Pero para ser exactos, su verdadero origen habría que buscarlo mucho más atrás, porque este personaje, que mostró al país entero la noche de Buenos Aires como ningún otro medio lo hizo en su época, es una mezcla de otras creaciones de Quinterno, quien influenciado por sus maestros Arturo Lanteri y Diógenes Taborda, desde sus inicios se interesó por retratar al prototipo del porteño “piola”, ese que busca ganar dinero de la manera más fácil posible. Es así como en 1926, desde la revista La novela semanal, apareció Andanzas y desventuras de Manolo Quaranta, un porteño muy poco afecto al trabajo. Ahí ya había un germen de Isidoro. Un año después, en el mítico diario Crítica, comenzaron las Aventuras de Don Gil Contento, otro porteño avivado que utilizaba esa viveza para convertirse en miembro de la alta sociedad. Pero la tira fue cancelada, sin previo aviso, en 1928, un día después de que apareciera el indio Patoruzú, quien habia llegado de la Patagonia al encuentro de su nuevo tutor: Gilito.

    En diciembre de ese año Quinterno se incorporó al diario La Razón y con él un nuevo personaje de su inventiva: Julián de Monte Pío, un nuevo porteño vividor, con aires de playboy, que junto a su novia Lolita y su vallet Cocoa, divertía a los lectores desde la última página del famoso vespertino. Al poco tiempo, el autor hizo aparecer en la tira nuevamente a Patoruzú. La idea era la misma: Julián, al igual que Don Gil en su momento, recibía por pedido de un tío moribundo al indio patagónico, quien a su vez era propietario de una fortuna incalculable, razón por la cual Julián, aprovechándose de la ingenuidad de su protegido, intentaba, siempre sin éxito, apoderarse de ese dinero. Con el correr del tiempo, Patoruzú ganó protagonismo y terminó por relegar a un segundo plano a Julián.

    En 1930, Quinterno creó un nuevo personaje para La Razón que acompañaba la página de los automóviles. Su nombre era Pepe Torpedo, una vez más un porteño piola y fanático de los "fierros". Unos años después, por problemas con el diario, el autor abandonó La Razón con Patoruzú bajo el brazo y aterrizó en el diario El Mundo, medio donde ya publicaba la tira Isidoro Batacazo, sobre un oficinista tímido cuyo único escape del aburrimiento era su afición por las carreras de caballos. Pero para debutar con Patoruzú en El Mundo, Quinterno necesitaba un nuevo compañero para que secundara al indio en sus aventuras, ya que los derechos de Julián de Monte Pío pertenecían a La Razón. Por eso, de la mezcla de todos sus “porteños vividores”, nació Isidoro Cañones, un personaje que reúne cada una de las características de todas las creaciones anteriores del dibujante. Desde Manolo Quaranta a Isidoro Batacazo, todos influyeron en la elaboración de esta nueva genialidad de Quinterno que comenzó como secundario pero que, al poco tiempo, fue necesario darle espacio propio.

    Su debut dentro de la tira de Patoruzú comenzaba con este argumento: Isidoro es el director de un circo  al que un día llega el indio con la intención de desafiar a un luchador de nombre Juaniyo. El porteño queda asombrado por la manera en que el cacique vence a ese luchador, y lo apadrina. Desde entonces, se convirtie en su compañero inseparable y también en su antítesis perfecta, porque mientras Patoruzú es un ejemplo de moral y rectitud casi hasta la exasperación, su padrino es corrompible hasta la médula. Probablemente ahí radique uno de los secretos de tanto éxito.

Protagonista absoluto

    La repercusión del personaje de Isidoro, y la identificación que el lector tenía con él, lo llevaron, casi naturalmente, a desdoblarse y a tener su propio espacio. Es así como, en 1940 y en la revista Patoruzú semanal, comenzaron sus aventuras sin la compañía del cacique. Ahora, de quien trataba sacar provecho era de su tío, el Coronel Urbano Cañones, un hombre recto y millonario que nunca perdió las esperanzas de ver a su sobrino convertido en un hombre de bien. De ahí las grandes broncas del Coronel, cada vez que descubre que fue engañado por su sobrino. “Botarate”, “mequetrefe”, “badulaque” y “pelafustán”, son sólo algunos de los términos célebres con los que el Coronel lo increpa.

    Pero el techo de Isidoro parecía no tener fin, el personaje daba para mucho más y por eso en 1968 Dante Quinterno le dio su propia revista, cosa que sucedió el 4 de julio cuando salió a la calle el primer número de  Locuras de Isidoro, cuya primera historia llevaba el título de “El irascible Coronel”.

    La revista, que contaba con los guiones de Faruk y Mariano Juliá, los dibujos de Tulio Lovato y la dirección de Toti Agromayor, se convirtió en un éxito increíble. Los fanáticos de este personaje se multiplicaron por miles, todo el mundo quería saber cuáles serían los nuevos planes de Isidoro para sacarle dinero al “carcamán”, tal como él se refería a su tío, y jugárselo en el casino o en una fija en el hipódromo. Todas las historias giraban en torno a la vida loca de este porteño de vida agitada y en cómo hacía para pasarla bien sin tener que trabajar. No había villanos, ni héroes como en las historietas clásicas y fue esa diferencia, también, unas de las claves de tremendo suceso.

    En el número 31 de la revista apareció otro personaje que se convirtió en un verdadero ícono de los años 70: Cachorra Bazooka, nieta del misterioso Coronel Bazooka, a quien Isidoro continuamente está a punto de conocer, pero algún imprevisto siempre termina por malograr el encuentro.

    Volviendo a Cachorra, esa hermosa rubia, de curvas perfectas, es la versión femenina del rey de los playboys, su alumna dilecta y la única que ejerce sobre el Coronel Cañones una influencia increíble, la que Isidoro nunca logró. Cachorra tiene doble cara: se comporta como una inocente chica de familia frente al Coronel y el resto de los compañeros de armas, pero se prende en cuanta estafa planea su amigo y maestro.

    Pero la galería de personajes dentro del mundo de Isidoro, no termina ahí. También están el mayordomo Manuel, un gallego bonachón, quien cubre al “niño Isidoro” una y otra vez frente al tío; el Capitán Matralla, mejor amigo del “carcamán”; y el terrible tío Ignacio, oveja negra de la familia de quien, evidentemente, Isidoro heredó todos los genes, porque Ignacio es tan timbero, chanta y fiestero como el protagonista de esta historia.

    Otros dos personajes importantes, que acompañan a Isidoro desde cuando sólo era el padrino de Patoruzú, son su ángel y su demonio, que no son otra cosa que representaciones de su conciencia y su picardía. Son personajes recurrentes que alteran su control, al generar situaciones inesperadas. Estos dos seres sólo los comparten Isidoro y los lectores, ya que no pueden ser vistos por el resto de los personajes.

    Pasaron los años, más de 70, muchas modas en el medio, e Isidoro las absorbió a todas: cuando se usaba esmoquin, el rey de los playboys tenía los mejores que le hacía su sastre Popoff, cuando fue el turno de los pantalones elefante, “el badulaque” los tenía al igual que su polera negra y sus sacos sport de solapas anchas. Quizá, lo único que permaneció inalterable, con el paso del tiempo, fue su cabello engominado, pero todo lo demás se fue adecuando a las diferentes épocas.

    En la actualidad, mientras se espera el estreno de su primera película, todas sus aventuras se pueden disfrutar a través de la revista que sale a la calle bajo el título: Selección de las mejores Locuras de Isidoro. Para quien ya lo conoce, está bueno revivir sus historias y volver a ser testigos de sus negocios truncos y divertidos. Y para quienes nunca leyeron sus aventuras, no importa, porque siempre se esta a tiempo de descubrir a este delicioso personaje nacido en los años ’30, dado que sigue tan joven y vigente como entonces. Porque porteños piolas y avivados los hubo y los habrá siempre, pero Isidoro Cañones hay uno solo y sí que vale la pena conocerlo.


 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

   

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