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De Mar del Plata a Montecarlo, de Londres
a Nueva York, cualquier ciudad del mundo podía
rendirse a los pies del gran Isidoro Cañones,
el rey de los playboys, como él mismo se hacía
llamar. Príncipes, condesas y hasta las
estrellas de Hollywood del momento morían por
estar a su lado, porque él si que sabía como
divertirse y, sobre todo, como hacer divertir a
los demás, tal como lo viene haciendo con los
lectores de su revista desde hace ya 71 años.
Porque nadie mejor que él encarnó al típico
porteño piola y avivado. Un verdadero
“chanta”, que siempre estaba planeando
alguna nueva artimaña para conseguir dinero fácil,
y sin trabajar por supuesto. Planes que nunca terminaban como él quería,
aunque siempre se
las ingeniaba para caer bien parado.
Exquisita creación del genial Dante Quinterno,
Isidoro hizo su aparición en 1935, en
el diario El Mundo, como personaje
secundario de la tira de Patoruzú. Pero
para ser exactos, su verdadero origen habría
que buscarlo mucho más atrás, porque este
personaje, que mostró al país entero la
noche de Buenos Aires como ningún otro medio lo
hizo en su época, es una mezcla de otras
creaciones de Quinterno, quien influenciado por
sus maestros Arturo Lanteri y Diógenes
Taborda, desde sus inicios se interesó por
retratar al prototipo del porteño “piola”,
ese que busca ganar dinero de la manera más fácil
posible. Es así como en 1926, desde la revista La
novela semanal, apareció Andanzas
y desventuras de Manolo Quaranta, un porteño
muy poco afecto al trabajo. Ahí ya había un
germen de Isidoro. Un año después, en
el mítico diario Crítica, comenzaron
las Aventuras de Don Gil Contento, otro
porteño avivado que utilizaba esa viveza para
convertirse en miembro de la alta sociedad. Pero
la tira fue cancelada, sin previo aviso, en
1928, un día después de que apareciera el
indio Patoruzú, quien habia llegado de la
Patagonia al encuentro de su nuevo tutor: Gilito.
En diciembre de ese año Quinterno se
incorporó al diario La Razón y con él
un nuevo personaje de su inventiva: Julián de Monte Pío, un nuevo porteño
vividor, con aires de playboy, que junto a su
novia Lolita y su vallet Cocoa,
divertía a los lectores desde la última página
del famoso vespertino. Al poco tiempo, el autor
hizo aparecer en la tira nuevamente a Patoruzú.
La idea era la misma: Julián, al igual
que Don Gil en su momento, recibía por
pedido de un tío moribundo al indio patagónico,
quien a su vez era propietario de una fortuna
incalculable, razón por la cual Julián,
aprovechándose de la ingenuidad de su
protegido, intentaba, siempre sin éxito,
apoderarse de ese dinero. Con el correr del
tiempo, Patoruzú ganó protagonismo y terminó por relegar a un segundo
plano a Julián.
En 1930, Quinterno creó un nuevo
personaje para La Razón que acompañaba
la página de los automóviles. Su nombre era Pepe
Torpedo, una vez más un porteño piola y
fanático de los "fierros". Unos años después,
por problemas con el diario, el autor abandonó La
Razón con Patoruzú bajo el brazo y
aterrizó en el diario El Mundo, medio
donde ya publicaba la tira Isidoro Batacazo,
sobre un oficinista tímido cuyo único escape del
aburrimiento era su afición por las carreras de
caballos. Pero para debutar con Patoruzú en
El Mundo, Quinterno necesitaba un nuevo
compañero para que secundara al indio en sus
aventuras, ya que los derechos de Julián de
Monte Pío pertenecían a La Razón.
Por eso, de la mezcla de todos sus “porteños
vividores”, nació
Isidoro Cañones, un personaje que reúne cada una de las
características de todas las creaciones
anteriores del dibujante. Desde Manolo
Quaranta a Isidoro Batacazo, todos
influyeron en la elaboración de esta nueva
genialidad de Quinterno que comenzó como secundario pero que, al poco
tiempo, fue necesario darle espacio propio.

Su
debut dentro de la tira de Patoruzú
comenzaba con este argumento: Isidoro
es el director de un circo
al que un día llega el indio con la
intención de desafiar a un luchador de nombre Juaniyo.
El porteño queda asombrado por la manera en
que el cacique vence a ese luchador, y lo
apadrina.
Desde entonces, se convirtie en su compañero
inseparable y también en su antítesis
perfecta, porque mientras Patoruzú es
un ejemplo de moral y rectitud casi hasta la
exasperación, su padrino es corrompible hasta
la médula. Probablemente ahí radique uno de
los secretos de tanto éxito.
Protagonista
absoluto
La repercusión del personaje de Isidoro,
y la identificación que el lector tenía con él,
lo llevaron, casi naturalmente, a desdoblarse y
a tener su propio espacio. Es así como, en 1940
y en la revista Patoruzú semanal,
comenzaron sus aventuras sin la compañía del
cacique. Ahora, de quien trataba sacar provecho
era de su tío, el Coronel Urbano Cañones,
un hombre recto y millonario que nunca perdió
las esperanzas de ver a su sobrino convertido en
un hombre de bien. De ahí las grandes broncas
del Coronel, cada vez que descubre que
fue engañado por su sobrino. “Botarate”, “mequetrefe”,
“badulaque” y “pelafustán”, son sólo
algunos de los términos célebres con los que
el Coronel lo increpa.
Pero el techo de Isidoro parecía
no tener fin, el personaje daba para mucho más
y por eso en 1968 Dante Quinterno le dio su
propia revista, cosa que sucedió el 4 de julio
cuando salió a la calle el primer número de
Locuras de Isidoro, cuya primera
historia llevaba el título de “El
irascible Coronel”.
La
revista, que contaba con los guiones de Faruk
y Mariano Juliá, los dibujos de Tulio
Lovato y la dirección de Toti Agromayor,
se convirtió en un éxito increíble. Los fanáticos
de este personaje se multiplicaron por miles,
todo el mundo quería saber cuáles serían los
nuevos planes de Isidoro para sacarle
dinero al “carcamán”, tal como él se refería
a su tío, y jugárselo en el casino o en una
fija en el hipódromo. Todas las historias
giraban en torno a la vida loca de este porteño
de vida agitada y en cómo hacía para pasarla
bien sin tener que trabajar. No había villanos,
ni héroes como en las historietas clásicas y
fue esa diferencia, también, unas de las claves
de tremendo suceso.
En
el número 31 de la revista apareció otro personaje que se
convirtió en un verdadero ícono de los años
70: Cachorra Bazooka, nieta del
misterioso Coronel Bazooka, a quien Isidoro
continuamente está a punto de conocer, pero algún
imprevisto siempre termina por malograr el
encuentro.
Volviendo a Cachorra, esa hermosa
rubia, de curvas perfectas, es la versión
femenina del rey de los playboys, su alumna
dilecta y la única que ejerce sobre el Coronel
Cañones una influencia increíble, la que Isidoro
nunca logró. Cachorra tiene doble cara:
se comporta como una inocente chica de familia
frente al Coronel y el resto de los compañeros
de armas, pero se prende en cuanta estafa planea su amigo y maestro.
Pero la galería de
personajes dentro
del mundo de Isidoro, no termina ahí.
También están el mayordomo Manuel, un
gallego bonachón, quien cubre al “niño
Isidoro” una y otra vez frente al tío; el
Capitán Matralla, mejor amigo del
“carcamán”; y el terrible tío Ignacio,
oveja negra de la familia de quien,
evidentemente, Isidoro heredó todos los
genes, porque Ignacio es tan timbero,
chanta y fiestero como el protagonista de esta
historia.
Otros dos personajes importantes, que
acompañan a Isidoro desde cuando sólo
era el padrino de Patoruzú, son su ángel
y su demonio, que
no son otra cosa que representaciones de su
conciencia y su picardía. Son personajes
recurrentes que alteran su control, al generar
situaciones inesperadas. Estos dos seres sólo
los comparten Isidoro y los lectores,
ya que no pueden ser vistos por el resto de los
personajes.
Pasaron los años,
más de 70, muchas modas en el medio, e Isidoro
las absorbió a todas: cuando se usaba esmoquin,
el rey de los playboys tenía los mejores que
le hacía su sastre Popoff, cuando fue el
turno de los pantalones elefante, “el badulaque” los tenía al igual que su
polera negra y sus sacos sport de solapas
anchas. Quizá, lo único que permaneció
inalterable, con el paso del tiempo, fue su
cabello engominado, pero todo lo demás se fue
adecuando a las diferentes épocas.
En la actualidad, mientras se espera el estreno de su
primera película, todas
sus aventuras se pueden disfrutar a través de
la revista que sale a la calle bajo el título: Selección de las mejores Locuras de
Isidoro. Para quien ya lo conoce, está
bueno revivir sus historias y volver a ser
testigos de sus negocios truncos y divertidos. Y
para quienes nunca leyeron sus aventuras, no importa, porque
siempre se esta a tiempo de descubrir a este delicioso
personaje nacido en los años ’30, dado que sigue tan joven y vigente como entonces. Porque
porteños piolas y avivados los hubo y los habrá
siempre, pero Isidoro Cañones hay uno
solo y sí que vale la pena conocerlo.
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