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A los
nueve años usted
ingresó por primera vez a una
sala de proyección. ¿Qué fue lo que le atrajo
de ese lugar?
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Cuando yo era pibe en los clubes de barrio se
daban películas para chicos, como las de Chaplin. Esas películas me deslumbraron y yo siempre miraba hacia
atrás y veía un haz de luz permanente. Iba al
cine día por medio.
Cuando terminábamos el colegio, si sacábamos
buenas notas, mi madre “aflojaba” y con mi
hermano gastábamos unas “chirolas” en el
cine.
Entonces, yo le preguntaba a mi hermano: “¿Por
qué se ve gente ahí?” y el me respondía:
“Porque es gente que se mete en una “bolsa
blanca” (la luz de la cabina de proyección)
y actúa ahí adentro”. Y un día no me
aguanté más y entré a la cabina de proyección
y me encuentro con un patio y con un ruido de máquinas
terrible. Sale un tipo en overall y dice: “qué hacés
vos acá” y me explica que él era el
operador y que ahí pasaba las películas.
Entonces, yo cebaba mate y el operador me dejaba
cargar un rollo de película.
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Me imagino lo que habrá sido al día siguiente
en la escuela, cuando le contó a sus compañeros
su “aventura”.
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Estaba cursando sexto grado y tenía un profesor
que se llamaba Justo Cairati que me dijo: “¿Qué
tiene García debajo del banco?” ¡Y no
supe que excusa darle!, porque yo tenía
dibujado un proyector de cine y una bobinadora.
Entonces, el profesor me dijo que pasara al
frente y le explicara a la clase lo que era eso.
¡Y tuve que dar una clase de cine a los nueve años!
Después
Cairati me preguntó: “¿Ud.
qué piensa hacer cuando sea un hombre?” y
yo le dije: “Voy
a seguir televisión y cine sonoro”. Y me
felicitó.
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Quizá fue esa determinación la que lo llevó a
comprarse una filmadora a los 13 años. ¿Cómo
fue que encontró esa cámara?
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Cuando termino el primario, mi madre me manda al
secundario y un día no aguanté más y le dije:
“Mamá
yo no quiero estudiar más, quiero trabajar”.
Entonces, a la mañana trabajaba como
cadete en una farmacia y a la tarde en una
tintorería. Un día cuando paso por la juguetería
Quintana, en Varela y avenida Del trabajo, veo
un cartel que dice:
“Vendo filmadora”.
Y le pregunté al dueño qué era una
filmadora y me dijo que era para hacer películas.
Me la compré con mi trabajo y la ayuda
de mi mamá.
Me fui a un lugar en donde vendían película
virgen y empecé a filmar a mi perro, a mi mamá,
a mi papá, a mi tío Pepe, a todos…
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¿Cuándo se empezó a interesar por el cine de
terror?
- Fui
con mi padre al cine San
José de Flores a ver La
venganza del ahorcado, Fantomas
y La isla de los resucitados. Y
fue algo terrible para mí.
Ahí sentí que, al margen del miedo que
me causaban algunas escenas, mi adrenalina se
multiplicaba por 50 o por 100.
Desde ese día yo quedé atrapado por las
películas de terror.
- ¿Cómo fueron las
primeras experiencias como director?
- A
los trece años me fui con mi modesta cámara al
Parque
Avellaneda con unos chicos del barrio. Nos
maquillamos con corcho quemado y yo hice de hombre
lobo y me caí en un pozo y me ensucié todo
el traje. Cuando llegué a mi casa fue
inolvidable la soberana paliza de mi madre.
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También hizo una versión de Frankestein…
- Hice
Frankestein con una vecina y con Carlos Boga, un amigo que hacía teatro en la parroquia del barrio.
Compré masilla para hacer la cara de Frankestein
y lo llevé a Boga a sacarse unas fotos a un
estudio. La
gente nos miraba en la calle.
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¿Cómo
tomó su familia que hiciera películas de
terror?
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Con alegría, menos mis padres que eran un poco
remanentes a la cosa.
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¿Cómo llega a ser operador cinematográfico de
televisión?
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A los 16 años aprendí la profesión de
operador cinematográfico, aunque no podía
trabajar porque era menor de edad.
Me preguntaron si me animaba a trabajar
como operador en Canal 11 y fui. Ahí conocí a José
Martínez Suárez, Leopoldo Torre Nilson,
Armando Bo, Enrique Salaberry, María Inés Andrés
y
María Herminia Avellaneda.
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¿Qué
recuerda de ellos?
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Mi
mejor relación fue con Osvaldo
Pacheco, que me dijo:
“Yo te voy a enseñar todo lo que se” y
Armando Bo que me dijo: “Traete
un cuaderno y una birome que yo te voy a enseñar
lo que hay que hacer para filmar; pero antes
decime, ¿Qué hay que tener en la mano para
hacer una película?”
“Y, la cámara”, le dije y me dio
un “biromazo”
en la cabeza.
Entonces le dije: “Y,
el actor…” y otro “biromazo” en la
cabeza. Al
final me rendí y él me dijo que lo que tenía
que tener era la idea de lo que iba a hacer y me
enseñó a hacer un guión.
Después le pregunté: “¿Pero
cuanta película tengo que gastar” y me
dijo: “Si
vas a la guerra tenés que pelear”.
-¿Qué
anécdota tiene de sus épocas como operador
cinematográfico?
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La película La
tregua no se podía pasar porque se decían
muchas malas palabras.
Entonces, Sergio
Renán le pidió a mi jefe, Martín
Kreimeyer, que le presentara al mejor
compaginador para editar la película para que
se pudiera pasar por televisión.
Matías me llamó a mí para que la película
quedara apta para todo público, porque los
militares no permitían que se dijeran cosas
obscenas por televisión.
El productor y director René Auré me dijo: “Si
esto te queda bien, seguís en el canal”.
Y me mandé…corté, edité y donde no podía
cortar pinté con tinta china la banda de
sonido. Cuando
Sergio Renán vio cómo había quedado me dijo: “Quiero
que seas vos el próximo editor de todas las películas
que traiga acá”.
-Asi
como Renán tuvo que modificar La
Tregua para que la pudieran proyectar, en
una de sus películas, El
bosque de los condenados, Ud. también
padeció la censura.
- El
bosque de los condenados
fue la película más osada del cine argentino.
Cada personaje representaba lo que sentía
el ser humano: El miedo, la enfermedad, el sueño,
el latir del corazón.
Como
no se podían hacer reuniones masivas, la policía
nos preguntó que estábamos haciendo y se llevó
los rollos de sonido.
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Uno de
sus más recordados largometrajes es Estigma
de terror. ¿Qué significó para
usted
haber
hecho esa película?
- La
hicimos con el actor Roberto
Pieri y es el día de hoy que
esa película
me sigue dando satisfacciones, porque se sigue
mostrando.
Cuando se proyectó en la Sociedad
Hebraica Argentina, entre el público estaba
Jorge
Surraco, quien me vino a ver a la filmoteca
del canal y me dijo que era un precursor. Y de
ahí me quedó el mote.
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Y 30 años después de haber filmado Estigma
de Terror, en 2004, realizó la segunda
parte.
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Yo ya estaba retirado del cine, y aunque odiaba
las computadoras, mi hijo Fabián tuvo la
paciencia de enseñarme a teclear la
“bendita” PC y así fue como por un mail me enteré de que por Estigma
de terror me querían hacer un homenaje en
el Centro Cultural Fortunato Lacámera. Ahí Elvira Serio me
dijo: “Quiero
filmar con Ud. Yo le doy todo el equipo ¿Tiene
algún guión?”. Y yo tenía un guión
escrito, que era la continuación de Estigma
de terror, que después fue Spectrum
Voraz.
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¿Cómo fue esa experiencia?
- Cuando
hacemos el doblaje, los actores Carla
Conti y Gerardo
Varela, ven la película en crudo y dicen: “¡Qué
película horrible que hemos filmado!” y
me dicen que no van a hacer el doblaje.
Entonces yo tuve que debutar como actor
para hacer uno de los reemplazos.
Cuando
en Imagen
Satelital se enteran de que Spectrum
Voraz va al festival Buenos
Aires Rojo Sangre,
me citan y me proponen un convenio de
seis meses de difusión que después se extendió
por un año más.
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A que atribuye el hecho de que en la Argentina
el género de terror no haya trascendido en el
circuito comercial como pasó en otros países?
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A que a los productores argentinos,
acostumbrados a la idiosincrasia del obrero y la
novia del barrio, no les daba para un género de
thriller.
Los empresarios no se arriesgaban a poner
esas películas en cartel porque pensaban que no
iban a funcionar.
El único que “zafó” fue Narciso Ibáñez Menta, cuando hizo Una luz en la ventana, junto a Irma
Códoba y Juan
Carlos Thorry, en 1943.
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¿Qué
le apasiona del género de terror?
- Que
nacimos y mamá y papá nos enseñaron lo que
era bueno y lo que era malo.
Nosotros nos equivocamos y, por otro
lado, acertamos. Esos conceptos reflejan
nuestros reales sentimientos.
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En sus películas usted trabaja mucho con la
psicología de los personajes…
- Reflejo
los estados de las personas.
En todas las películas pongo de
manifiesto los estados de infierno, animalidad,
éxtasis, sabiduría, paz, amor e iluminación.
- Una
de las particularidades que hace que una escena
de terror sea creíble, es la caracterización
de los personajes. ¿Cómo trabaja los efectos
de maquillaje?
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Depende del tipo de maquillaje. Cuando se filma
a color y de acuerdo a la cantidad de luces que
se utilicen (siempre es luz fría para que salga
mejor) se usa una base especial. En el caso de
las películas que hice, iba primero la base,
después la piel sintética (sobre la que se
hacen las costuras o lastimaduras) y después va
otra capa de base y se le da la luz necesaria de
acuerdo al tipo de plano.
- Cuenteme cómo
crea algunos de los “trucos” que se ven en
sus películas.
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Si es un primer plano en donde una persona le
clava a otra un cuchillo, se utiliza el
normalmente llamado “doble hoja”, que es un
cuchillo de plástico que se hunde hasta la
mitad y ahí rompe una bolsa muy chiquitita
de un líquido llamado “frutilla” que
da
el efecto de la herida. Si, en cambio, se quiere
hacer el efecto de atravesar un cuerpo, el
trabajo es distinto. Se filma con el palo ya
clavado y la cámara se pone boca abajo.
Al decir “acción” un asistente tira
del palo con un piolín
y en la mesa de edición se ve que el
palo se introduce en el cuerpo.
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Al ser realizador de películas de terror y
conocer la forma en la que se hacen ¿Si ve una
película, se asusta?
- Si,
me asusto mucho y participo del “juego”, que
no pasa solo por un cuchillo sangriento, una
cabeza cortada o el desmembramiento de un
cuerpo. No todo el terror pasa por ahí.
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